Era la última noche en Flores y quería retener el tiempo tanto como fuese posible pero, rendido a la evidencia, me dediqué a congelar mentalmente el mayor número de momentos de la velada.
- Retchel wow-wow-wow! — soltó Ibrahim pasando al lado de nuestra mesa.
- No, Ibrahim. Retchel, wow!
- Ibrahim. Fu está ciego – dijo Retchel, simulando con un gesto una venda en los ojos.
Ibrahim soltó tres ‘wow’ raperos y se alejó riendo, como previendo cierta tensión en el ambiente.
Retchel estaba ocasionalmente preciosa, debo reconocerlo. De su mochila había sacado un vestido negro que se adaptaba a su cuerpo como un guante. En ese momento me di cuenta de la gracia que hay que tener para diseñar un vestido. No es que Retchel fuese fea, todo lo contrario, pero la había visto en diversas circunstancias, siempre vistiendo su bikini rojo complementado con un pareo o una camiseta de las fuerzas armadas checas. Por lo tanto, aquella noche me sorprendió observar como un trozo de tela, hábilmente cosido, era capaz de reproporcionar su cuerpo y transformar sus curvas naturales en una ecuación con muchas incógnitas.
- El problema es que no me miras como a una mujer. ¿Tratas a todas las chicas como si fuesen compañeros de tasca?.
- ¿Cómo quieres que te trate, vistiendo esa camiseta de marine checo?.
- A pesar de lo que digas, Fu, soy una mujer – respondió Retchel, enfatizando las vocales de la última palabra que acababa de pronunciar.
- Sí, me he dado cuenta hace pocos instantes – repliqué en voz baja.
Cris apareció con un mero enorme y con una sorpresa mayúscula. La casa invitaba a la cena pero debíamos pagar la cerveza. Supuse que el pescado estaría cocinado con el doble de sal de lo normal para inducir a la sed y, así, generar un aumento en el consumo de zumo de cebada fermentada. De todos modos, la imprevista generosidad de Cris me dejó K.O durante unos instantes.
Comimos, reímos y bebimos. La noche clara sin luna permitía que los miles de estrellas proyectasen su luz sobre el mar en calma. Retchel, tras apurar el vaso de Bintang, la cerveza local, me miró con cara pícara y me retó a nadar bajo las estrellas. La miré con sorpresa. Tras unos instantes, ella rompió el silencio:
- No me has dicho que no, ni tampoco has cambiado de tema. ¿Te apetece o no?.
- Sí, claro que me apetece.
- ¿Es eso una respuesta?. ¡Se te ve muy emocionado con la idea! – sentenció irónicamente ella.
- Sí, lo estoy. Pero me preocupan un par de cosillas.
- ¿Sólo un par?.
¡Ay de mí!. ¿Estaba pasando lo que me parecía?. No estaba muy seguro pero esa mujer, que creía amiga, parecía ser presa de un comportamiento agresivo. Y en los días que habíamos compartido no había mostrado ningún indicio de esa emoción. La podría definir como corrosiva en su acepción más mordaz, inteligente, irónica y excesivamente segura de sí misma pero sin llegar a la petulancia o la pedantería. Era divertido estar con ella porque era una persona de discurso constructivo, como Ibrahim. Por ejemplo, si yo hacía un comentario, su aportación casi siempre trataba de profundizar en la misma idea. Muchas de las personas que conozco visten con una actitud más individualista, pretendiendo cambiar el juego de inmediato o monopolizar con su percepción la totalidad de la conversación que, acaba convirtiéndose en un monólogo. A Retchel le divertía mi capacidad para el surrealismo y complementaba con grandes dosis de humor mis esbozos extravagantes.
Para ilustrar mi argumentación, recuerdo que un día de temporal, mientras retornábamos de Labuan Bajo en barca, Ibrahim se las veía y deseaba para mantener la barca en el rumbo. La situación era relativamente alarmante porque el capitán se aferraba al timón con el rostro muy serio. Vi a Retchel un poco asustada, asida como una lapa a una de las columnas de madera y tuve la brillante idea de preguntarle por un tópico que traté de hacer pasar por checo. En ese momento de tensión contenida, pregunté a Retchel sobre veracidad, o no, del mito que pesa sobre la mujer checa: ser poseedora de una impresionante población de vello axilar que solía dejarse al natural. Ella me miró con el rostro desencajado y, tras recuperar la neutralidad con una mueca infinita me contó que las mujeres de su familia, en efecto, eran envidiadas por esa cualidad que les había regalado la naturaleza y que, ninguna de ellas – Retchel incluida – había necesitado jamás tejer una bufanda para uso personal en invierno. Su tatarabuela, en concreto, de la que Retchel había heredado muchas peculiaridades – dicho por ella, por supuesto – no había necesitado, en toda su vida, utilizar sujetador para mantener sus generosos senos en su sitio. Siguió relatándome las bondades de una buena mata de vello en el sobaco, desde las mencionadas respecto a la adaptación al medio, hasta otras meramente ornamentales que no citaré aquí, más que nada por no aburrir. Tras fondear cerca de la playa, ya asegurada la supervivencia, Retchel dio gracias al cosmos, elevando sus brazos al cielo y mostrándome unas axilas absolutamente depiladas.
En otro orden descriptivo, podría decir de Retchel que es una mujer muy atractiva, de rasgos proporcionados excepto por su boca, ligeramente grande, pero que la dotaba de una sonrisa capaz de fundir un iceberg. Su altura no era destacable, situándola en la normalidad pero poseía unos muslos recios, caderas y cintura fácilmente perceptibles y un torso muy bien formado, como el de su tatarabuela, seguramente. Todo eso, compactado en una calidad muscular excelente, prieta y definida. Por terminar con esta excesivamente larga descripción, se podría decir que, además de atractiva, quizás, a partir de las opiniones y reacciones de mis amigos masculinos, Retchel es guapa. Pero eso es muy subjetivo.
No es muy agradable perder el hilo de una conversación, ni tratar de empotrar un flashback descriptivo en medio de un diálogo pero hay que tener en cuenta que Retchel, en si misma, plantea problemas.
- Fu, ¿me escuchas?. Te has quedado mudo. Decías que te preocupan un par de cosillas.
- Perdona pero me he quedado en blanco. Sí, un par de cosillas. Bueno, es por decir algo…
- Elabora, Fu.
- No tenemos los trajes de baño… puestos.
- ¿Y…?.
- ¿Quieres que nos bañemos desnudos?.
- Pues claro – respondió Retchel con naturalidad.
Me imaginé con mi cosa al aire, balanceándose sin control entre el líquido elemento, con los caníbales acechando y multitud de especies marinas potencialmente peligrosas sumergidas allí mismo… Bueno, bien mirado, tampoco suponía una diferencia tan grande el nadar con bañador o sin él. Aunque, claro, un ataque de un tiburón en un brazo o en una pierna es una cosa, mientras que si el ataque es…
- Me parece una idea genial. Somos adultos y ya nos conocemos lo suficiente como para bañarnos desnudos…
- En una noche oscura, sin luna y sin miradas obscenas, Fu.
- Por supuesto, por supuesto. No sé por quien me tomas…
- Perdona, no se en qué estaba pensando: eres inofensivo.
- ¿Qué quieres decir con eso? – pregunté airado.
Retchel me dejó con mi ofensa en el rostro y salió corriendo del restaurant hacia la playa. Por supuesto, la perseguí hacia el extremo norte de la playa. En plena carrera, se giraba para provocarme con calificativos humillantes; como digo, su comportamiento era irracional y agresivo. Retchel, de repente, se paró y se despojó de su vestido, quedándose absolutamente desnuda. Si alguien se pregunta si realmente existe la circunstancia de quedarse absolutamente desnudo, la respuesta es sí, especialmente si el observador se da de bruces con que la noche es menos oscura de lo que imaginaba.
Se metió en el mar y tras correr unos metros, se sumergió en el agua. Al poco, emergió y tras enjuagarse el agua de los ojos, me hizo una seña para que me acercase. Yo me encontraba de pie, plantado en la orilla, reconozco que en un estado de aturdimiento por lo que estaba pasando. Su cambio repentino me había extrañado pero eso no era nada, comparado con lo que le estaba sucediendo a cierta parte de mi anatomía. Absolutamente superado por las circunstancias, sentí vergüenza por una situación tan paradójica: mientras mis modales estaban absolutamente encogidos, otras zonas de mi se dilataban inconscientemente, fuera de todo control.
Retchel no paraba de jalear mi nombre, invitándome a ella. Absolutamente avergonzado por la situación, le pedí un poco de tiempo. No sabía qué hace y me quité la camiseta, hecho al que Retchel correspondió con una sonora ovación. Joder, ¡pero si me había visto sin camiseta muchas veces!. Todavía no estaba en disposición de quitarme lo de abajo y, cuanto más embarazosa me resultaba la situación, mi anatomía en rebeldía respondía con mayor contundencia. ¡Dios Santo! ¡Pero si parecía un sátiro!.
No podía permitir el descontrol e intenté la terapia de visualización más antilibidinosa que conozco: recreé en mi mente a mis padres en el momento de mi engendramiento. Nada. Lo intenté con mis abuelos… sin resultado. Retchel, por favor, dame más tiempo… Pensé en todo aquello que me desanimaba. Nada.
- ¡Fu, eres una nenaza! – gritaba Retchel continuando con su cruel linchamiento
Finalmente pensé en algo infalible: me imaginé que ambos nos estábamos casando en una ceremonia típica checa, con violines y en un jardín adornado con flores y gente de etiqueta. La verdad es que no tengo ni idea de cómo demonios es un esponsal checo pero la escenifiqué como una de esos bodorrios yankees que se ven por la tele. Y en pocos segundos, retomé la serenidad interior y me despojé alegremente de mis calzoncillos. Retchel no paraba de reír y de burlarse. Así que traté de alcanzarla para darle una lección pero, al acercarme, se deshizo de mi embestida con la maestría de un ninja y acabé sentado en el lecho marino. No había casi profundidad, medio metro escaso, por lo que mi cabeza y parte de mi tronco estaban fuera del agua. Sin darme cuenta, Retchel estaba sentada sobre mi estómago y atenazaba los hombros, controlando cualquier movimiento que pudiese hacer para zafarme.
- No te atrevías a entrar, cobarde.
- No. ¿Puedes soltarme ya?.
- Sólo si me dices porqué te has decidido a meterte en el agua.
- Para demostrarte que no soy una nenaza. ¿Te parece poco?.
- Eso, mi querido Fu, no hace falta que lo jures. Me acabo de dar cuenta hace pocos segundos.